jueves, 30 de diciembre de 2010

Nieve

Recuerdos que se cristalizan.
En febrero de 1992 leí una noticia en un periódico en Montreal que me impactó. Decía el reporte que un hombre había matado a otro a puños después de reclamarle que estaba echándole nieve a sus hijos. El hombre, que paleaba la nieve que estaba acumulada en su balcón, bajó al apartamento de su vecino. Le gritó que saliera si era verdaderamente macho. Discutieron en voz alta. Le pegó un puño en la cara y otro en el vientre. Lo dejó tendido en el suelo, sangrando. El hombre murió. El asesino esperó sentado en su casa que la policía viniera a buscarlo.


Esa terrible noticia me inspiró un relato de ficción que llamé “El día que nevó en Caracas”. Si en la “civilizada” Canadá una nevada, cosa que es común por aquí, llevaba a un hombre a matar a otro, me imaginé lo que pasaría en nuestra caótica Caracas ante una tormenta invernal. El cuento es una mezcla de sátira con recuerdos de mi primer contacto con la nieve y el patinaje sobre hielo en la Venezuela de los años setenta. Como muchos niños de esa década, subí en teleférico a la cima del Ávila para patinar en la pista de hielo, que creo todavía funciona. También fui alguna vez a la pista Mucubají, ubicaba cerca del Nuevo Circo. Eran los tiempos de la “Venezuela saudita”, tan mencionada en estos días en las notas necrológicas sobre Carlos Andrés Pérez. Por cierto, ya se ha dicho por allí, en esa época se importaron barredoras de nieve, una muestra de los delirios a los que llegamos en la “Gran Venezuela”. Una aclaratoria necesaria; lo que vivimos entonces ha sido superado con creces por el corrupto e incompetente régimen de Chávez.


A la nieve la descubrí en la cumbre del Pico Espejo, frente al Pico Bolívar, en Mérida. Después viví la experiencia maravillosa de ver nevar en el páramo, a la altura del Pico El Águila bajando hacia Apartaderos. La imagen de los páramos cubiertos de blanco la tengo grabada en la memoria como un recuerdo mágico de esos maravillosos paisajes andinos. Después me vine a Canadá, donde me he hartado de nieve. Por cierto, este año la nieve está escasa por Ottawa, aunque todavía nos quedan enero, febrero y marzo, así que no hay que “desanimarse”.


Con el desorden propio de la memoria, los recuerdos se mezclan en una secuencia que no siempre resulta lógica. Que la noticia del asesinato “por nevada” se haya producido en aquel nefasto febrero de 1992 no deja de ser un dato que alimenta las asociaciones libres. Viene también a la mente una cita del profeta Isaías que me inspira en este fin de año la esperanza de un 2011 mejor: “Porque como descienden de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelven allá sino que riegan la tierra, haciéndola producir y germinar, dando semilla al sembrador y pan al que come…”. Amén.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Tun tun, ¿quién es?...

Ilan Chester (Czentochowski) también canta “Niño lindo”

Por allí por el año 71 ó 72, había una niña del Moral y Luces, el colegio judío de Caracas, que cantaba en Las Voces Blancas de Elisa Soteldo. Lo recuerdo pues en uno de esos especiales navideños de televisión en el que salía el coro infantil cantando aguinaldos y villancicos, se comentó en casa, con cierta sorpresa, que esa niña entonaba con toda naturalidad el “Niño lindo, niño lindo, ante ti me rindo…”. Digamos que según ciertos cánones del más puro monoteísmo, no era de esperarse que una niña de la comunidad le cantara al llamado “niño dios”, lo que es desde la óptica judía no solamente un sinsentido, pues Dios no es niño, ni hombre, ni puede representarse de ninguna forma, sino un verdadero anatema. Sin embargo, esas consideraciones no impedían que uno terminara por aprenderse la melodía y, “sin querer”, cantara el conocidísimo villancico venezolano. Como pasaba con las gaitas que se referían a la Chinita, la advocación de la Virgen María que adoran los zulianos,  que uno cantaba a viva voz más por lo sabroso que resulta el ritmo gaitero que por ninguna consideración religiosa. 


En la Caracas en la que crecí, diciembre era un mes para la camaradería y la calle. Los niños patinábamos por las aceras y los parques hasta altas horas de la noche. Era también un mes de regalos, no porque en mi casa nos dieran regalos de Navidad, sino porque el 24 de diciembre es el cumpleaños de mi hermana Simy, lo que significaba juguetes para ella y para mí y mis primos Siky y Emilio. El 24 teníamos una buena razón para celebrar, así que no nos sentíamos totalmente aislados de nuestros vecinos cristianos que se reunían en familia en la víspera de la Natividad. 


Por nuestra conexión española, diciembre también era el mes del turrón, de los polvorones y de la sidra. También de las castañas hervidas, que le gustan mucho a mi padre. Mi madre aprendió a hacer un panetone que le quedaba buenísimo. Después aprendería también a hacer las hallacas y el pan de jamón, en su versión casher conocido como pan de pavo.  Debo mencionar aquí que mi mamá le puso un toque criollo a la tradicional oriza judeo-marroquí, agregándole plátano que sustituye muy bien a la batata (o boniato). 


El 31 los niños nos quedábamos en casa, mientras los adultos iban a los bailes en alguno de los grandes hoteles de Caracas para recibir el año nuevo al son de la Billo’s ó de Los Melódicos. Mi hermana y quien escribe recibíamos el año con nuestras primas Mechi y Coty, comiendo las 12 uvas de ocasión y jugando monopolio. 


Seguramente es la edad y la nostalgia, pero tengo la impresión que diciembre era en Venezuela un mes de tregua, de familia, de amistad. Es posible que no lo fuera para todo el mundo, es posible que todo fuera parte de aquella “ilusión de armonía” que denunciaron unos profesores del IESA. Pero en ese entonces, cuando escuchábamos cantar “Tun tun, ¿quién es? Gente de paz…” podíamos darle crédito a esas palabras. 

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Diálogo de sordos



Hay expresiones de uso corriente que son engañosas.  Dicen algo que parece obvio, que aceptamos como un lugar común. Pero a veces la experiencia desmiente la veracidad de tales expresiones. Esto me ocurre con la manida máxima que dice “esto es un diálogo de sordos” para significar que no hay entendimiento entre las partes, que no se escuchan.  Yo puedo dar testimonio que con los sordos el diálogo es posible, no sólo entre ellos, sino entre personas que supuestamente escuchamos bien (aunque mi esposa me reclame que casi nunca la escucho) y personas con discapacidad auditiva, para decirlo en los términos horribles de lo “políticamente correcto”.


A finales de los años 80 del siglo XX (esto ya suena a pre-historia), íbamos a la imprenta todos los viernes en la mañana a revisar las pruebas del semanario Nuevo Mundo Israelita antes que se imprimiera. Digo íbamos, pues allí estábamos siempre Néstor Garrido, María Teresa País de Visconti, Estrella Chocrón y este servidor. Veíamos página por página montadas a partir de la galeradas de textos que salían de las máquinas de fotocomposición. La imprenta se llamaba Textolisto y estaba ubicada en un edificio industrial en San Martín, no lejos del Hospital Militar.  El fuerte de ellos eran las revistas hípicas, las de lotería, una que era del tipo Crónica policial (de un amarillismo casi lírico) y las revistas pornográficas (siempre temí que alguna foto subida de tono se nos colara en el semanario, cosa que por suerte nunca ocurrió).


En la imprenta trabajaban algunas personas sordas. El INCE de Venezuela, instituto de capacitación técnica, instituyó un programa para formar a personas con discapacidad auditiva en el área de artes gráficas. Una de las grandes ventajas de los sordos, me decían los dueños de la imprenta, era que tenían una gran capacidad de concentración, lo que les permitía prestar atención particular a los detalles del montaje manual de textos y la realización de los fotolitos que después se “quemaban” en las planchas que se pondrían en la rotativa. La comunicación con estos trabajadores gráficos no solamente era fluida (ellos leían los labios y yo aprendí algunas señas del lenguaje de sordos), sino que iba más allá de los requisitos del trabajo. Uno de ellos (cuyo nombre lamentablemente no recuerdo) era particularmente locuaz. El se ocupaba de la fotomecánica. Mientras esperábamos que hiciera las pruebas, manteníamos conversaciones sobre lo humano y lo divino. Además, él tenía la capacidad de contar unos chistes buenísimos a punta de lenguaje de signos.


Los sordos no solamente eran buenos conversadores, sino excelentes bailarines. Todos los diciembres se hacía la fiesta de fin de año en la sede de Textolisto, donde por supuesto no podía faltar la música, especialmente la salsa y la tradicional gaita. La música sonaba por unos parlantes inmensos a todo volumen. Las parejas de sordos se ponían muy cerca de los altavoces para sentir las vibraciones que penetraban sus cuerpos y así bailar al ritmo de la salsa y la gaita.  Había en ese baile un diálogo entre cuerpos, que sin duda no era para nada un diálogo de sordos.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Lágrima

Borroso pero vivo recuerdo de tiempos felices.

La foto que ilustra esta nota es borrosa como borrosa es la memoria. Allí salgo yo (en el extremo derecho). La tercera de izquierda a derecha es mi prima Sara Serfaty Cohén (Z’L), quien nos dejó esta mañana. La foto en realidad es una vieja toma en Super 8 que filmó mi tío Jaime Serfaty Laredo (Z’L) el día del Bar Mitzvá de su hijo Salomón Serfaty Cohén (Z’L). Recuerdo que la fiesta fue en la casa de mi tío en Las Mercedes (Caracas), una casa que para mi siempre fue un lugar especial. Tenía unos jardines que me resultaban inmensos, y una mesa de billar en la que todos los sobrinos nos iniciamos en el juego de las carambolas.


En este fin de annus horribilis las noticias tristes se han sucedido en lamentable secuencia. La partida de mi prima Sara ha sido una dura estocada. Ella era una optimista que nos contagiaba su alegría de vivir, incluso a los más pesimistas como yo. Había en su mirada una chispa que, además de inteligencia, revelaba un gran amor por su familia. Cada vez que nos veíamos nos transmitía una energía positiva, una energía que mantuvo incluso en los momentos más duros e ingratos. Sara fue una heroína en el pleno sentido de la palabra, como un héroe fue también su hermano Salomón. Estoy hablando de un heroísmo de lo cotidiano, anclado en la realidad, sin concesiones frente a la adversidad. Los dos lucharon como valientes contra la enfermedad y la desesperanza.  No puedo recordarlos sino con una sonrisa, con ese sentido del humor tan particular de los dos. Siempre tenían una ocurrencia, un comentario que le ponían sabor a las reuniones familiares.


Sara tenía una vena creativa que le venía de sus padres. Su mamá, Estherina Cohén de Serfaty (Z’L) era una pintora inspirada que nos dejó unos magníficos retratos de personajes históricos del pueblo judío. Una réplica de su retrato de Golda Meir está en casa de mis padres en Caracas, un retrato que impresiona por la profundidad en la mirada de la líder israelí que logró plasmar magistralmente la artista. Su papá, mi tío Jaime, era un poeta y compositor entusiasta, de tendencia romántica, cuya principal musa fue su amada Estherina. Sara también escribía, pero sobre todo pintaba, algo que descubrí más bien recientemente por esas cosas del Facebook, donde colocó algunas fotos de sus creaciones, cuadros figurativos donde juega con la geometría de cuerpos humanos y colores intensos. 


La casa de mi tío Jaime era un lugar de acceso a la modernidad. El tenía un especial interés por la innovación, particularmente por la innovación en la electrónica, el sonido y la imagen. En Tetuán tuvo una tienda de discos donde los jóvenes iban a escuchar el Cha-cha-chá y el Twist. El primer Betamax que tuvimos en casa era de los que importaba mi tío Jaime de Japón. El fue uno de los primeros que tuvo una antena parabólica en Caracas, lo que lo puso en sintonía con las noticias del mundo, que nos comentaba y analizaba como el mejor de los periodistas. Mis primos Sara y Salomón también heredaron este sentido cosmopolita de mi tío. Siempre manifestaron gran interés por los grandes temas que afectaban a la humanidad, y tenían un sagaz sentido de la política que desmenuzaban con pasión.


Estos recuerdos, como ese cuadro borroso de Super 8 filmado en 1971, me retrotraen a una época y a un país llenos de las ilusiones de la infancia y la juventud. Me llevan a esa casa de Caraballeda que mis tíos alquilaron para pasar los fines de semana con mi abuelo Salomón Serfaty (Z’L), buscando levantarle el ánimo después de que enviudó de su amadísima Sara (Z’L), mi abuela materna. Me devuelven al campo de golf donde los pequeños íbamos dándole a una pelotita blanca sin mucho sentido de lo que estábamos haciendo, pero inmensamente felices por jugar y estar juntos. Me ponen enfrente el bello rostro con la sonrisa iluminada de mi prima Sara, de bendita memoria, de bendito recuerdo.  

viernes, 17 de diciembre de 2010

La raya amarilla

Un ticket to ride en el Metro de Caracas

Carlos Santiago González (qepd) fue nuestro profesor de periodismo radiofónico en la UCAB. Sus clases eran una verdadera aventura por el mundo de la palabra hablada. Eran una discusión y práctica sobre cómo pasar de lo escrito al habla, cómo hacer que el habla sea la expresión de una escritura distinta que exige pensar en quien está del otro lado de la radio. El profesor nos insistía en que escribir para la radio era tener presente siempre a quien nos estaba escuchando, como si estuviéramos susurrándole la noticia al oído. Los principios que nos enseñó se me quedaron grabados: redundancia, claridad, simplicidad. Repita, mijo repita, pues usted no sabe cuándo el radioescucha va a sintonizar su noticiero. Sea claro en lo que dice, construya frases cortas, siga la estructura básica de la buena sintaxis. Tienda a lo simple, no busque palabras rebuscadas, ni expresiones grandilocuentes.


Además de enseñar en la Escuela de Comunicación Social, Carlos era el encargado de manejar el sistema de anuncios en las estaciones del Metro de Caracas. El fue quien diseñó cuidadosamente los mensajes que se difundían por los altoparlantes del subterráneo. Cada mensaje tenía una intención particular: informar sobre cambios, horarios; educar a los usuarios para promover comportamientos adecuados; orientar al público; evitar accidentes; señalar a alguien que estaba cometiendo una infracción o asumía algún riesgo (“no pase la raya amarilla”).  Nos contó que el desarrollo de estos mensajes fue un proceso que se nutrió de la investigación del perfil del usuario y de la observación de su comportamiento. Nada fue dejado a la improvisación. La relación entre lo verbal y lo no verbal en la comunicación interesaba mucho a Carlos, como lo testimonia una entrevista que le hicieron en la revista Video-Forum en 1980 sobre el sonido en cine y televisión en Venezuela.


El trabajo que nuestro profesor hizo en el Metro de Caracas era el reflejo de una cultura corporativa que tuvo una gran influencia en los caraqueños. Desde su inauguración en 1983, el subterráneo caraqueño fue un ejemplo de diseño arquitectónico, planificación urbana, ingeniería, gestión eficiente y comunicación institucional.  Era un lugar común decir que los caraqueños, normalmente indisciplinados, ruidosos, rudos, nos transformábamos en “suizos” cuando descendíamos a las profundidades del Metro. 


Desde una perspectiva comunicacional, se puede decir que esta transformación no solamente era el resultado de unos mensajes bien escritos y bien difundidos, sino de un contexto total que transformaba la experiencia del usuario del Metro. Aunque un arquitecto podría explicarlo mucho mejor, creo que el Metro significó sobre todo la irrupción de una nueva estética que impactó el comportamiento ciudadano. No pretendo idealizar la situación, pero no cabe duda que el Metro cambió nuestra manera de percibir y apreciar la ciudad. De alguna forma, otras obras que se construyeron en los 70 y 80 tuvieron un impacto similar. Pienso en  la nueva sede del Museo de Bellas Artes, el Complejo Cultural Teresa Carreño y el Museo de Arte Contemporáneo Sofía Imber, entre otras.


Las noticias que llegan del Metro (y de las otras obras mencionadas) no son muy alentadoras. Recientemente, varios problemas de funcionamiento indican que el Metro está sufriendo los avatares de la falta de mantenimiento e inversión, y del deterioro de aquella cultura organizacional que ayudó a promover una mejor ciudadanía “subterránea” . Como en tantas otras áreas de la gestión pública, quienes dirigen ahora los destinos del Metro han cruzado la raya amarilla.

jueves, 16 de diciembre de 2010

El ayatolá Boves

El fundamentalismo venezolano se alimenta de una profunda arrechera.

Boves, por lo menos el que me enseñaron en la escuela, era un personaje extraño a lo que yo identificaba con Venezuela y los venezolanos.  El Taita Boves, el azote de los Llanos, representaba una crueldad, una violencia que yo no asociaba con el país al que llegué en 1968. Claro que yo era un tanto ingenuo, no conocía bien la historia de Venezuela, no tenía conciencia plena de lo que fueron la  Guerra de Independencia y la Guerra Federal, ni las crueldades de los dictadores, ni de la lucha armada de los 60, ni tantas otras cosas que mostraban un rostro poco amable del país.


En 1974 RCTV transmitió una adaptación de la novela de Francisco Herrera Luque, Boves el urogallo. Como seguidores de las telenovelas que éramos, en mi casa vimos noche tras noche los capítulos del culebrón histórico protagonizado por un joven Gustavo Rodríguez. La imagen del Boves cruel, resentido, que me presentaron en la escuela, se confirmó ante la verosimilitud del relato televisivo (como se me hizo verosímil el esbirro de la dictadura de Pérez Jiménez, Pedro Estrada, también representado por Gustavo Rodríguez en la famosa telenovela Estefanía de Cabrujas y Mármol). 


Ahora, en estos tiempos de revisionismo histórico y propaganda, los más anarcos del llamado chavismo reivindican a Boves como el primer “gran revolucionario” de Venezuela. Apoyan sus argumentos en dos obras que no fueron precisamente escritas por anarco-comunistas ni mucho menos. Una es Bolívar y la guerra social del autor dominicano Juan Bosch. La otra es Historia de la rebelión popular de 1814, del venezolano Juan Uslar Pietri (hermano de Arturo). Además, el mismo Herrera Luque llamó a Boves “el primer líder de la democracia” en Venezuela. Los chavistas hiper-radicales afirman que Boves encabezó la primera guerra social de los pobres contra los ricos en el país, guerra que ha continuado sin parar desde entonces con distintas manifestaciones y momentos (el Caracazo sería otro gran episodio de esta guerra). No les falta razón. Boves lideró a una parte del pueblo pobre contra los blancos criollos. No hay duda que Boves fue un líder popular que, si bien se alineó con los realistas, puso en marcha un movimiento violentamente revolucionario que hizo tambalear la Segunda República.


Dejando a un lado la verosimilitud de la imagen telenovelada del Boves de mi infancia, y los análisis socio-históricos (valiosos y esclarecedores), puedo decir ahora que el caudillo asturiano es el arquetipo del integrista venezolano. Visto lo que estamos viendo en estos años, y especialmente en estos días, aprecio con mayor claridad lo que Boves representa. No es el integrista religioso (del tipo musulmán, cristiano ó judío), ni tiene la vocación de “pureza” (étnica o teológica) de los fanáticos. Su único dogma es la violencia, la destrucción, la venganza, el disfrute absoluto del poder bruto que avanza y arrasa. 


Este integrismo criollo, que es en su fundamento una “arrechera”, tiene un poder movilizador tremendo. Boves lo demostró, como después lo hiciera Páez, que encabezó a los mismos lanceros que se pasaron a la causa republicana. Basta ver las actuaciones políticas de Chávez y sus acólitos en días recientes. Si bien la violencia política la dosifican y  administran (por ejemplo, hoy golpearon a mi colega y amigo Carlos Correa, director de la ONG, Espacio Público), hay en la misma actitud y discurso del comandante-presidente ese resentimiento “integrista”. A su manera, estos resentidos hacen de ayatolás de una religión del odio que está carcomiendo las bases de la convivencia en Venezuela. Veremos hasta dónde llegarán (ó los dejarán llegar). 

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Llámame pa’trás

La vista desde mi habitación de hotel en Bal Harbour.

I am back. Después de dos días y medio en Miami (y casi un día viajando), estoy de vuelta en Ottawa. Miami, como Caracas, es el lugar de reencuentro con amigos y colegas. También es el lugar de reencuentro con el español, o más bien, con las distintas variedades de español que se hablan en Latinoamérica y la propia Miami, ese spanglish con acento cubano. Me vine con una expresión colombiana que no conocía: “correr la coneja” (los invito a descubrir el significado). 


En Miami las conversaciones se dan en varios niveles y estilos de español, con intromisiones del inglés. Por ejemplo, es imposible que alguien diga “una brecha” , siempre lo calificará como “un gap”. Es raro que alguien “asuma un desafío”, porque prefiere “enfrentar un challenge”. Cuando me mudé a Miami en el año 2000, los oídos me dolían cuando escuchaba a alguien que me pedía que lo “llamara pa’trás (del inglés call me back). Reconozco que ahora soy más tolerante con el spanglish y que incluso me parece que tiene un je ne sais quoi, que le agrega un sabor particular a la conversación. 


La experiencia idiomática de Miami (algo similar debe sentir alguien que vive en Houston y en Los Angeles) me hace pensar en aquel personaje de El Nombre de la Rosa de Umberto Eco que hablaba una mezcla de latín y otras formas dialectales romances, que después se convertirían en el italiano, el castellano, el francés o el catalán. Mi travesía vital me ha hecho especialmente sensible a la riqueza y los retos que implica atravesar distintas fronteras lingüísticas. Aunque nací en un país de habla árabe, mi idioma y el idioma de mi familia ha sido durante siglos el español, ó variantes del español desde sus formas más antiguas hasta el idioma moderno. En realidad, la forma antigua del español que hablaban mi bisabuela paterna (a quien tuve la dicha de conocer) y mis abuelos era la haquetía, es decir el judeo-español de los sefardíes del norte de Marruecos. Como ocurre con el spanglish de los cubanos, la haquetía es una mezcla de castellano arcaico, con árabe y hebreo.


Más allá de la hibridación, el judeo-español es también la expresión de una cultura y de una sensibilidad particulares. Los romances, esas canciones que trajeron los sefardíes expulsados de España, no solamente ayudaron a mantener el vínculo lingüístico, sino que sirvieron para transmitir entre las generaciones un imaginario sobre aquel país idealizado. Se trata de un extraño love affair con una madrastra (por no hablar de “madre patria”) que te ha repudiado. Ese “amor” se canta en romances nostálgicos como el que dice: “En la ciudad de Toledo, en la ciudad de Granada, vivía un mancebo que Diego León se llama…”.  En el plano religioso, el judeo-español comunica un sentido especial que en ocasiones no transmiten ni el hebreo y el arameo, los idiomas de las plegarias. Por ejemplo, en la noche de la Pascua (Pésaj) se lee el relato del éxodo de Egipto y se recuerda que nuestros antepasados comieron el pan sin levadura.  En judeo-español decimos: “Este es el pan de la aflicción que comieron nuestros padres en tierra de Egipto. Todo el que tenga hambre que venga y coma…”.  Hay en las palabras, en el fraseo, e incluso en el acento (pues esto hay que leerlo con un cierto acento) una dimensión que no tiene, al menos para mí, la oración original en arameo.


Pero lo que me maravilla del judeo-español, y de cualquier otro fenómeno lingüístico del mismo tipo, es su potencial para crear relaciones y tender puentes entre los seres humanos. Este idioma, en sus distintas variantes, fue la lengua de cientos de miles de judíos sefardíes no solamente en Marruecos, sino en Turquía, Grecia, Bulgaria, los Balcanes (la antigua Yugoslavia), Holanda, Curazao, Nueva York, Inglaterra e incluso en Alejandría (Egipto).  Tres anécdotas ilustran muy bien lo que quiero decir. 


Un día en Montreal, mi esposa y quien escribe estábamos haciendo la fila para pagar en una tienda y notamos que una pareja de viejitos que estaba detrás nuestro nos miraba con una sonrisa. Después que pagamos, el hombre y la mujer se nos acercaron y nos preguntaron, en un español un poco especial, de dónde éramos. Nos identificamos como venezolanos. Ellos nos dijeron: “Mosotros somos de Sofía, Bulgaria. Somos judíos sefardíes y mos gusta muncho escuchar español…” (nos estaban hablando en su forma de judeo-español). 


Cuando fui a Israel con 17 años pasé dos meses en un kibutz en el norte del país, cerca de la frontera con el Líbano. Allí conocí a Moshón, que estaba haciendo su servicio anual de reserva militar en ese kibutz. Moshón era hijo de judíos turcos que se habían ido a vivir a Israel. Nunca en su vida había ido a España ni a Latinoamérica, pero gracias a la herencia del judeo-español que le habían legado sus padres se podía comunicar perfectamente con nosotros, el grupo de muchachos venezolanos con los que se encontró en la Galilea.


Por último, les cuento de un amigo de la familia que vivía en Montreal y que decidió mudarse a Caracas (eso pasó ya hace algunos años, en tiempos de la democracia). Era un señor mayor, ya jubilado, que había nacido en Alejandría (Egipto) en el seno de una familia sefardí. Una vez le pregunté cómo se sentía en Caracas. Me dijo, en su forma de judeo-español: “Me gusta muncho Caracas. Lo que más me gusta es que puedo hablar con la gente en español y que puedo meldar el periódico en español”. (meldar quiere decir leer). Noté en su rostro una tremenda satisfacción, como si después de muchos años se hubiera reencontrado con su “familia lingüística”.

domingo, 12 de diciembre de 2010

La mezquita (desde O’Hare, Chicago)

Lo que veo mientras escribo

De esas “travesuras” que se nos ocurrían cuando estábamos en el semanario Nuevo Mundo Israelita (y que alguna vez nos valió algunas críticas), recuerdo la visita a la entonces mezquita de El Paraíso (la urbanización de Caracas). A Néstor Garrido y este servidor nos dio por llamar un día al centro musulmán para pedir una entrevista con el dirigente espiritual (sheik) que la lideraba. Nos identificamos como periodistas del semanario judío de Caracas. Para nuestra sorpresa, la persona que nos atendió por teléfono nos invitó a la mezquita a un encuentro con los directivos de la misma. Néstor, Pedro Luis Cedeño (fotógrafo) y quien escribe aceptamos la invitación, no sin cierta aprehensión.


Los dirigentes musulmanes nos recibieron con mucha cordialidad. No pudo faltar el té y los respectivos dulces libaneses. La conversación giró en torno a la composición de la comunidad musulmana en Venezuela de ese entonces (mediados de los años ochenta del siglo XX), las actividades en la mezquita de El Paraíso, centro social y lugar de plegaria (en ese entonces el más importante de Venezuela), y las coincidencias entre el Islam y el Judaísmo como religiones monoteístas que reconocen en Abrahán (Ibrahim) el padre común de la fe. Entramos al lugar donde se hacían las plegarias. Nos quitamos los zapatos como correspondía e intercambiamos algunas palabras sobre relatos comunes de la Biblia y el Corán. De esa visita salió un reportaje en el NMI, con su respectiva foto de estos periodistas con nuestros amables anfitriones. Yo me esperaba alguna reprimenda de los dirigentes comunitarios, pero nunca llegó, lo que interpreté como una aprobación del gesto.


La verdad que el evento no tuvo mayores consecuencias. La visita no se repitió, ni hubo seguimiento de parte de los miembros del centro islámico.  Hoy la situación es muy distinta, tanto en Venezuela como en el mundo. La comunidad musulmana ha crecido muchísimo en el país, tanto por la afluencia de inmigrantes del Medio Oriente como por la conversión al Islam de venezolanos. Ahora esa comunidad cuenta con una mezquita de gran esplendor ubicada en la Avenida Libertador (no lejos, por cierto, de la Sinagoga Tiferet Israel de Maripérez). Además de los cambios demográficos, la situación política y geopolítica también han cambiado. Una visita como la que realizamos en ese entonces hoy sería impensable debido a las tensiones que existen entre musulmanes y judíos, derivadas de ciertas posturas asumidas por el gobierno venezolano actual, así como de cierta visión integrista que predomina entre algunos musulmanes. Vivimos en Venezuela un ambiente enrarecido, en el que la convivencia se hace difícil. No podemos olvidar tampoco la situación en el Medio Oriente y el irresuelto conflicto árabe-israelí, que incluye también al beligerante régimen iraní.


De esa visita a la mezquita me quedó el interés por la cuestión del diálogo entre culturas y religiones. No soy ingenuo. Sé que la buena voluntad no es suficiente para superar diferencias profundizadas por fanatismos, intereses poderosos y odios atávicos. En octubre de 2009, con colegas de la Universidad de Ottawa, de la Universidad de Miami y de la Universidad Saint Paul, organizamos un coloquio titulado “Cultural Dialogues, Religion & Communication” para promover una discusión sobre cómo la comunicación, en todas sus variantes institucionales, mediáticas e interpersonales, puede contribuir a superar las inmensas brechas que separan religiones y culturas.  Como nuestra visita a la mezquita, fue sólo una pequeñísima iniciativa para superar nuestros temores y privilegiar el diálogo. 


P.S.: Para consultar las conferencias y discusiones del coloquio en Ottawa, pueden visitar este sitio web


sábado, 11 de diciembre de 2010

Antes que anochezca

González León, Cabrujas y Nazoa: tres grandes de la memoria audiovisual.

Esta nota se intitula como la novela de Reinaldo Arenas (1943-1990) en la que relata la brutal represión de la que fue víctima en la Cuba comunista. Me tomé la libertad de tomar prestado este título para escribir sobre la memoria de una época y de unos personajes que definieron lo que soy, memoria que pretende ser enterrada por este régimen que nos conduce a la noche de la ignorancia y del olvido. Quiero, como comentó mi amigo Luis Parada, reivindicar mis tiempos de nerd (la palabra que en inglés define al “intelectual” medio gafote, lo que en España se llama un “empollón”); el nerd que bebió de la cultura gracias a cierta televisión y radio que se hizo en Venezuela en el siglo XX.


No olvido a Adriano González León, quien en su programa “Contratema” del canal 5 de la Televisora Nacional me enseñó a apreciar a los poetas malditos: Rimbaud, Baudelaire y el Conde de Lautréamont. No olvido a Aquiles Nazoa que en  “Las cosas más sencillas” (por el mismo canal) me hipnotizaba con sus palabras y sus gestos. Tampoco olvido al Maestro José Antonio Calcaño quien acostumbraba a pasearnos “Por el mundo de la cultura” y cerraba su programa con la expresión “suficiente, suficiente…”. No puedo olvidar esa revista cultural con un lenguaje audiovisual de vanguardia que fue “Síntesis”  ( y otro programa que hacía el mismo equipo que dirigía Sergio Sierra cuyo nombre se me escapa).  No olvidaré las obras del teatro universal que llevó a la televisión Marcos Reyes Andrade (mi profesor en la UCAB), en lo que fue una vez un digno canal 8. Por supuesto, es imposible olvidar a Arturo Uslar Pietri y sus “Valores humanos”, que hoy se pueden escuchar en Unión Radio. O las entrevistas que hacía Pedro Berroeta, inteligentes, críticas, siempre con gran respeto por su interlocutor. Quiero recordar a Rodolfo Izaguirre que por la Radio Nacional de Venezuela (RNV) me hizo recorrer la historia del cine como “mitología de lo cotidiano”  (y su programa en el canal 5, donde vi a los clásicos del cine mudo). Jamás olvidaré la voz de José Ignacio Cabrujas contándonos a su manera los argumentos de las grandes óperas italianas los domingos por la tarde, también por la RNV.  Ni olvidaré los conciertos televisados de la Orquesta Sinfónica Juvenil del Maestro José Antonio Abreu, ni la música llanera que presentaba los sábados Luis Brito Arocha por el canal 8.


Podría seguir, pero la memoria es traidora, escurridiza. Podría también mencionar “Sopotocientos”, nuestro Sesame Street, o las presentaciones de Aldemaro Romero y su Onda Nueva por la televisión, o los programas que Renny Ottolina filmó en la Gran Sabana y en París. Todo se encadena de forma desordenada, con omisiones que algún lector podrá colmar. Es necesario, sin embargo, recordar. Sobre todo este fin de año, cuando desgraciadamente malos augurios asoman en el horizonte de esta Venezuela maltratada. Resistamos también con la memoria. 

viernes, 10 de diciembre de 2010

Tango y cruz

Este Bolívar amoratado le costó 15 días
de prisión a Jorge Olavarría

La primera imagen que asocio con El último tango en París de Bertolucci (con Marlon Brando y Maria Schneider) es la de una barra de mantequilla. No voy a dar detalles, pero una escena donde Brando y Schneider le daban un uso poco ortodoxo a la mantequilla y otras peripecias eróticas de la pareja sirvieron de excusa para que la película fuera prohibida en Venezuela durante el primer gobierno de Rafael Caldera (1972). Recuerdo las conversaciones de los adultos en mi casa, comentando lo que se decía de la "escandalosa" película, los chistes que se hacían, y la curiosidad que todo esto generó en mí. La película se exhibió en el país unos años después, lo que finalmente permitió que los adultos (debió haber sido censura D) confirmaran con sus propios ojos para qué sirve la mantequilla. 


La Venezuela democrática pre-Chávez (no la llamaré la IV República) tuvo sus casos de censura, prohibiciones, regulaciones absurdas (las limitaciones a las transmisiones de televisión en color, por ejemplo), editores presos y publicaciones recogidas (oficial y oficiosamente). En 1983, el año del Viernes Negro, el editor Jorge Olavarría pasó 15 días preso por orden del Gobernador de Caracas. Su "delito" fue haber publicado en la portada de la revista Resumen un Bolívar con el ojo morado. La imagen se consideró un ultraje a la memoria del Padre de la Patria. En tiempos de Lusinchi se prohibió que circulara un ejemplar de la revista española Cambio 16 donde se relataba las extravagancias de la secretaria privada del presidente Blanca Ibáñez durante una visita de estado en Madrid. A la periodista Rosana Ordoñez la echaron de Radio Caracas Televisión después que hiciera un comentario al aire sobre la que Piñerúa llamó la "barragana" (se dice que en RCTV siguieron instrucciones de Miraflores).


En 1988 la proyección de La última tentación de Cristo de Scorsese causó revuelo en el país (como ocurrió en los Estados Unidos). Grupos católicos conservadores pidieron que se prohibiera la película, lo que no pasó. El largometraje se presentó en muy pocas salas, entre otras en el Ateneo de Caracas. El día que fui a ver la película me conseguí en la cola al Padre José Ignacio Rey, s.j., lo que no me sorprendió para nada conociendo las opiniones y el espíritu combativo de mi profesor de Fenomenología socio-religiosa en la UCAB. Después vendrían el Caracazo y las intentonas golpistas del 92, lo que generó tensiones tremendas entre el gobierno de CAP y los medios, situaciones de censura, y un desbocamiento de periodistas y escribidores, que asumieron el discurso de la antipolítica. A pesar de ciertos altibajos, la libertad de expresión fue en general respetada por el ejecutivo que, entre otras cosas, “soportó” con cierta estoicidad la ácida crítica que todas las noches le hacían en la telenovela Por estas calles.


Hoy estamos ante la posibilidad que el régimen de Chávez apruebe una serie de leyes que quieren controlar lo que se dice en Internet y en las redes sociales. Al mejor estilo del sistema de partido único chino y de la teocracia iraní, el chavismo pretende limitar el acceso y la circulación de información y opinión en el ciberespacio, con la excusa de que busca proteger la moral pública, el honor de las instituciones y de los funcionarios del Estado, especialmente del máximo funcionario, el presidente-comandante. Los casi 12 años de presidencia de Chávez han sido mucho peores para la libertad de expresión que los 40 años de la democracia pre-Chávez. En los últimos días del año 2010, la Asamblea Nacional controlada por una mayoría circunstancial que sigue las órdenes del presidente, está aprobando una serie de leyes que tendrán profundas consecuencias para el futuro inmediato del país. Es posible que la Venezuela que hemos conocido esté cambiando radicalmente. Todo ocurre bajo la sombra de la tragedia ocasionada por las lluvias y la tregua navideña que, con razón, añoran los sufridos venezolanos. 

jueves, 9 de diciembre de 2010

El autista

Esta foto la tomé en Ottawa el 26 de septiembre pasado. No tiene nada que ver con esta nota  (¿ó sí?)

Habrán notado los lectores de estas notas que el problema de la incomunicación me interesa particularmente. Ya sea porque se manifiesta en la imposibilidad de "cerrar el circuito", es decir de concretar la acción que se debería derivar de toda comunicación eficaz, o porque, como es el caso con el olvido, impide toda empatía entre seres humanos. Hay otro nivel de incomunicación que podría considerarse el resultado de un tipo de "sobrecomunicación", de un exceso en alguno de los elementos que entran en juego en el proceso.


Hace dos años estaba yo esperando un autobús en Vancouver (Canadá), donde había ido a hacer unas entrevistas para una investigación sobre diabetes, cuando se me acercó un hombre maduro quien me preguntó en inglés: "¿Sabe usted cómo hablar con una persona que sufre de autismo?". La pregunta me descolocó un poco. Mi respuesta fue: "Creo que no, pero lo puedo intentar". Entonces me explicó el hombre que él sufría de una forma de autismo que lo empujaba a hablar con otra persona, aunque fuera un extraño. Por lo que le entendí, esa forma de autismo se manifestaba como un impulso a comunicar, algo más fuerte que él, una compulsión a entablar una conversación.  De hecho, era lo opuesto de otras formas más comunes de autismo, que justamente se presentan como una deficiencia de comunicación.


El hombre me preguntó de dónde era. Le dije que vivía en Ottawa, pero que originalmente venía de Venezuela.  Inmediatamente empezó a hacerme un reporte completo y detallado de Venezuela. Mencionó acontecimientos recientes, las crisis políticas, a Chávez, el petróleo, los conflictos retóricos con los Estados Unidos, todo perfectamente hilvanado. Su discurso me indicó que su autismo era de la forma que se conoce como el síndrome savant; era una persona que tenía una capacidad tremenda de retener y procesar información (como en el caso del autista que personificó Dustin Hoffman en la película Rain Man). Claro que era una comunicación mayormente unidireccional, pues él hablaba casi sin parar. Al preguntarme desde cuándo yo vivía en Canadá, le dije que hace dos años me había mudado a Ottawa, pero que antes había vivido en Montreal. En ese momento el hombre dijo algo que me dejó sin palabras: "Claro, porque en Montreal hay muchos judíos marroquíes como usted, y esos judíos que hablan francés…". Yo no había mencionado el tema judío, ni mi nombre, ni nada referido a Marruecos.  Mi inglés tiene sin duda un acento hispano, pero allí no hay ningún indicio de judaísmo.  Mis rasgos pueden considerarse "judíos", acentuados sin duda por la barba, pero puedo pasar por un judío de cualquier origen geográfico. No encuentro explicación lógica al hecho de que el hombre haya sido capaz de hacer la relación Venezuela-Montreal-judío-marroquí. Nos montamos en el autobús y seguimos nuestra conversación-monólogo. No recuerdo mucho lo que me dijo después, pero antes de bajarme del bus me recordó que era viernes, víspera del Shabat, y que había una sinagoga cerca de allí.


Lo que me ocurrió esa tarde en Vancouver no es fácil de explicar desde la razón. Siempre me he considerado un "escéptico creyente", lo que se puede resumir en una desconfianza inicial a cualquier explicación sobrenatural. Me atrevo a sugerir que ese hombre tiene una capacidad perceptiva muy superior a la de cualquier persona que llamaríamos "normal". Incluso se podría decir que él tiene una habilidad comunicativa distinta que le permite acceder a otro nivel de interlocución con la persona que tiene enfrente. Cierto que no es la comunicación empática que se daría entre dos personas que no tengan esta condición. Pero él logró a su manera, y gracias a sus especiales cualidades, generar una conexión conmigo que perdurará en mi memoria.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

La “venezolanización” de África

Lecturas indigestas

Ayer un amigo comentaba en Facebook que ha tenido problemas con la conexión 3G cuando llega a Caracas (él vive en República Dominicana). En cambio, decía en su breve nota, hace dos días aterrizó en Puerto Príncipe, Haití (“pueblo devastado hace menos de un año por un terrible terremoto”, nos recordaba) y aún sin bajarse del avión ya estaba conectado en la red  de telefonía móvil haitiana. Mi comentario en FB, casi reflejo, fue: “Creo que ya no podremos decir Venezuela va camino de parecerse a Haití”.

En los años ochenta estaba de moda en los círculos periodísticos hablar de los peligros de la “colombianización” de Venezuela. Con eso los periodistas querían decir que Venezuela corría el peligro de convertirse en un país dominado por la violencia de los carteles de la droga que en ese tiempo reinaban en Colombia. Más recientemente a algunos les ha dado por hablar de la posible “africanización” de Venezuela, haciendo paralelismos entre el proceso chavista con el Zimbawe de Mugabe y la devastadora política de confiscación de tierras que adelantó el dictador africano contra los blancos (los “oligarcas” en la colonial Rodesia). La tentación de las comparaciones continúa, y en el contexto de la crisis causada por las lluvias en Venezuela, ahora se empieza a escuchar el temor que el país entre en una fase de “haitinización”, es decir que entremos en un proceso acelerado de mayor degradación social, económica y ecológica (pienso en la locura asomada por Chávez de construir en El Avila, la montaña que es el pulmón vegetal de Caracas). Y por supuesto, no podía faltar en este carnaval de comparaciones con tono de mal augurio, la de la “cubanización”, que no requiere mayor explicaciones para un lector medianamente informado sobre el colonialismo mental que ejerce Fidel sobre nuestro presidente-comandante.

El problema con todas estas apreciaciones es que son muy relativas y tienen su carga importante de prejuicios. La “colombianización” hoy querría decir otra cosa. En muchos aspectos hay quien cree que Colombia está mucho mejor que Venezuela en lo económico,  y que deberíamos aprender algo de los colombianos a la hora de luchar contra la violencia subversiva y criminal. “Colombianizar” a Venezuela sería hoy en alguna medida mejorar al país en la opinión de ciertos sectores. El término “africanización” siempre ha tenido un contenido racista y altamente peyorativo, pues refuerza una imagen que, si bien contiene algunos elementos de verdad, reduce a África a una serie de fracasos post-coloniales, como si la herencia de las potencias europeas no tuviera nada que ver con la desgracias de ese continente. Algo similar pasa con el calificativo “haitinización”, que sintetiza la idea de una tragedia endémica. En el caso de la “cubanización” hay que tener cuidado, pues Raúl Castro busca, con la “precaución” de quien no quiere perder el poder monárquico que ejerce sobre la isla, “descubanizar” a Cuba.

Esta actitud casi refleja de hacer paralelismos nos viene en parte de una formación que nos condicionó a pensar en términos de “centro-periferia”. En la universidad leímos Las venas abiertas de América Latina de Galeano y asimilamos los postulados de la Teoría de la Dependencia, que en los años 60 del siglo XX formulara Fernando Henrique Cardoso. Aunque el “centro” eran los imperios (España, Gran Bretaña, Estados Unidos), desde la perspectiva venezolana nosotros también éramos “centro”. En todo caso, el maná petrolero nos hizo creer que Venezuela estaba en una situación privilegiada en relación con otros países “periféricos” como Colombia o Perú. Los delirios de la “Venezuela Saudita” (que no son muy distintos de los delirios de la “Venezuela ALBA”), nos hicieron creer que éramos un sub-imperio con una misión redentora (eso lo traemos de lejos). Por eso nos cuesta aceptar que podríamos invertir la dirección de los calificativos y pensar en las consecuencias terribles que tendría hoy un proceso de “venezolanización” aguda de África.

martes, 7 de diciembre de 2010

Veinticuatro por segundo


La película que más he visto en mi vida.

Creo que "La Biblia" fue la primera película que vi. Si mi memoria no me falla, fue en un cine de Cádiz, en esa parada que hicimos en nuestra travesía desde Tánger  hasta Caracas, con una escala en España. Tengo unos recuerdos vagos de las imágenes (el argumento es demasiado conocido para olvidarlo). Lo que sí recuerdo es la sensación que me produjo estar en el cine, ante esa pantalla gigantesca, ese sonido que penetraba por los oídos y por el cuerpo (aunque todavía no habían inventado el Sensurround). Sentí algo de miedo, algo que me ocurriría con otras películas como "Fantasía" de Disney, que vi recién llegado a Caracas en el Radio City en Sabana Grande. 

Antes del cine, mi primer encuentro con lo audiovisual fue a través de la televisión. Fue en Tánger con la programación de Radio Televisión de España (RTVE), cuya señal desbordaba la península para llegar al norte de Marruecos. Me vienen a la mente "Bonanza" (la de la Ponderosa), "El Fugitivo" (la serie original con el actor David Janssen), "Los Vengadores" (esa pareja de espías ingleses), los partidos de tenis de Manolo Santana, ganador de Wimbledon en 1966.

Haciendo un balance de estas primeras experiencias, puedo decir que ellas tuvieron algo que ver con la selección de Comunicación Social como carrera. Una de las cosas que me gustó del programa de la Católica es que había muchas materias asociadas con lo audiovisual. Cuando empecé mis estudios pensé que me dedicaría al cine o la televisión, aunque después me decidí por el periodismo. Lo audiovisual tuvo, sin embargo, un peso tremendo en nuestra formación. Mis compañeros de estudio en la UCAB deben acordarse muy bien de esa obra maestra del neorrealismo italiano que es “Ladrón de bicicletas” de Vittorio de Sica. Nuestro profesor de Audiovisual III, Marcos Reyes Andrade, nos mandó a analizar la película a partir de unos modelos semiológicos. Mi grupo de trabajo vio esa película al menos unas 20 veces. Llegó un momento en que nos sabíamos los parlamentos de memoria (creo que la vimos doblada al español). Íbamos analizando la película, secuencia por secuencia, que veíamos en un Betamax en aquel apartamento de El Marqués (el de los fantasmas, pero eso será materia de otra nota).

A pesar de la intoxicación de semiología que ese trabajo me produjo, debo reconocer que los rudimentos que aprendí de esta “ciencia de los signos” me sirvieron después para mis estudios de postgrado, en los que me interesé por el análisis del discurso. Otra cosa que le agradezco a Marcos Reyes es haberme abierto las puertas del teatro, especialmente del teatro como forma literaria. En su curso nos leímos a García Lorca (La casa de Bernarda Alba), Camus (El malentendido), Pirandello (Seis personajes en busca de autor), Valle Inclán (Luces de bohemia), Genet (Las criadas),  Betti (Delito en la isla de las cabras), Ionesco (La cantante calva), Chalbaud (Caín adolescente), entre muchos otros. 

Cada generación del siglo XX asocia sus vivencias con alguna película o un estilo cinematográfico. Mis padres hablan mucho de los filmes de Bogart y de Spencer Tracy. Mi generación no puede negar el impacto que tuvo en nosotros el cine comercial de Hollywood. Pienso en  “Tiburón” (el Jaws de Spielberg) y en “La guerra de las galaxias” de Lucas.  Pero eso no impidió que viéramos otro cine, que nos abriéramos a propuestas más audaces y más difíciles de asimilar. Gracias a la Cinemateca Nacional y a la sala de ensayo del Cine Prensa tuvimos acceso a una variedad enorme de películas, desde el primer Polanski (El cuchillo en el agua), pasando por Wajda, Cavani, Visconti, Antonioni, Pasolini, Fellini, Fasbinder, Schlondorff, por sólo mencionar algunos. Hoy el cine, en principio, es más accesible gracias a la tecnología (y porqué no decirlo, a la piratería). Sin embargo, no estoy seguro que exista entre los jóvenes esa curiosidad que nos invitaba a descubrir otras maneras de ver el mundo. Quizás esto no sea otra cosa que la típica queja de los que a cierta edad comenzamos a decir: “todo tiempo pasado fue mejor”.  

lunes, 6 de diciembre de 2010

¡Qué moderno que es!

Luis Parada, Isaac Nahón y Rafael Pedraza: tres modernos, pues.

Hoy leí que el poeta Armando Rojas Guardia está pasando por un momento difícil y que unos amigos montaron una subasta de obras de arte para ayudarlo.  A Rojas Guardia lo conocí en 1986 cuando Luis Parada y este servidor fuimos a entrevistarlo a su apartamento (creo que ubicado en Los Palos Grandes, Caracas) para nuestra tesis de licenciatura sobre las revistas culturales en Venezuela (que supervisó nuestra querida Caroline de Oteyza). El poeta nos ofreció una esclarecedora visión del proceso cultural en el país, de cómo habían evolucionado las revistas culturales, y además nos dio unos datos adicionales que nos abrieron nuevos horizontes de investigación. En esa época nosotros teníamos un interés particular por la cultura, pues creíamos que era una forma de acceder a la modernidad, es decir una forma de ser mejores. De hecho el tema de la modernidad interesaba a otros compañeros de estudio, como Rafael Pedraza, que trabajaba entonces en el Museo de Arte Contemporáneo bajo la dirección de Sofía Imber. Rafael hizo su tesis sobre la modernidad en el arte del gran Alejandro Otero. Si no recuerdo mal, el estudio de Rafael se centró en la época en la que Otero pintó su serie llamada “Las cafeteras” (corrígeme, Rafael, si me equivoco).


La asociación entre Rojas Guardia y el tema de la modernidad lo evoco a partir del recuerdo de un brevísimo poema que el escritor publicó en su libro Yo que supe de la vieja herida (1985) intitulado SIGLO XX que dice:


Esta noche
al pasear por la avenida
de pronto
   detrás de la funeraria
iluminada  SERVICIO DE CAPILLAS
se veía claramente un escritorio,
se adivinaban los papeles
(contabilidad y recibos)


Este poema, en una síntesis magistral, resume el gran problema de la modernidad que se fue vaciando de sentido, donde la muerte es un asunto administrativo más. El genio de Rojas Guardia, que escribió, entre otras cosas, un ensayo lúcido como El Dios de la intemperie (1985), está en esa capacidad expresiva a la vez breve y total. ¿Qué más se podría agregar?


P.S.: El título de esta nota viene de una canción de Charly García que se llama Peluca telefónica. Charly se refería al Walkman en la canción, en un intercambio verbal que tiene con Pedro Aznar y Luis Alberto Spinetta, que lo acompañan en el tema. “¿Ese es tu Walkman? ¡Qué moderno que es!”. Para los más jóvenes, averigüen qué es el Walkman. 

domingo, 5 de diciembre de 2010

Pop brumoso

Esta foto de Trafalgar Square la tomé en 2006

A los doce años tuve mi primer LP de los Beatles. Fue un regalo de cumpleaños de un compañero ó compañera de colegio que vino a mi casa a la “miniteca” (como se decía entonces) que mis padres organizaron. El disco era Abbey Road, el último que grabaron los cuatro de Liverpool. Por mi edad, se puede decir que llegué tarde a los Beatles (1974). La música de Abbey… me era familiar. Muchas de las canciones las había escuchado en la radio. De allí en adelante comenzó una suerte de adicción  que dura hasta hoy en día. Seguirían incorporándose a mi discoteca el segundo disco de los Fab Four (el que contiene la versión del hit de Chuck Berry, Roll Over Beethoven), el Sargento Pimienta (que me trajo mi tío de un viaje a Londres, el cual conservo como un tesoro), Hard Days Night, el álbum Blanco, y tantos otros.  De vez en cuando, en el canal 8 de la televisión venezolana, pasaban la película Help!, lo que era para mí un gran evento.


Una imagen que siempre he asociado con los Beatles es la de un Londres brumoso, cubierto por la neblina. Aunque la música de John, Paul, George y Ringo es una fuente de inmensa felicidad (como lo es el flamenco, pero a otro nivel), la asocio con un ambiente otoñal, en blanco y negro. Durante muchos años idealicé un Londres mítico, de tonos grisáceos, pero en el que me sentía perfectamente bien; como en un refugio en la tormenta, como la reconfortante sensación de estar frente a la chimenea en una noche invernal. Si cabe la expresión, la música de los Beatles producía en mí una “depresión beatífica”, una “melancolía jubilosa”. Me ocurría lo mismo con algunas canciones de King Crimson, Genesis, Pink Floyd, Camel, Gentle Giant y Supertramp, todas bandas británicas.


Después tuve la oportunidad de ir a Londres, más bien recientemente. Visité los lugares propios de todo peregrinaje de un “beatlemaníaco”; el estudio de EMI en Abbey Road, Carnaby Street, el Palladium donde tantas veces tocaron los Beatles. La imagen que tenía de ese Londres brumoso cambió. Me encontré con una ciudad vibrante, cosmopolita, más bien frenética, en ciertos momentos alejada de esa imagen melancólica que asociaba con las canciones de los Beatles. Pero algunos paisajes de Hyde Park me devolvieron al Londres gris y mítico de mi adolescencia.  Esa imagen está ligada a temas como In my life, Across the universe, A day in the life, Strawberry Fields Forever. Todas estas canciones fueron compuestas y cantadas por John Lennon (con la excepción de A Day…, cuya segunda parte canta Paul). Este 8 de diciembre se cumplirán 30 años del asesinato de Lennon en Nueva York. Creo que en él había mucho de esa “depresión beatífica” que me transmitían sus canciones. Su “pop brumoso” sigue iluminando mi imaginación.

sábado, 4 de diciembre de 2010

¿Me recuerdas?

Mis abuelos Sara Laredo y Salomón Serfaty el día de su compromiso. Esta foto se convirtió en una postal que dedicaron a sus hijos y nietos en sus 50 años de casados (la imagen es cortesía de mi primo Salomón Serfaty que vive en Israel)

¿Cómo comunicar el olvido? Aparentemente la pregunta contiene una paradoja, pero es sólo aparente. El olvido se comunica justamente en la imposibilidad de comunicar lo olvidado. El contenido de la comunicación del olvido es el “no me acuerdo”.  El problema es que el “no me acuerdo” interrumpe la secuencia de la interacción, nos coloca en un impasse, en un callejón sin salida. La desmemoria paraliza la comunicación. 


Eso fue justamente lo que me ocurrió en Caracas en junio pasado. Asistía a un evento social en el que me encontré con gente querida que no había visto hacía tiempo. Cada saludo fue un reencuentro con referencias a recuerdos comunes, especialmente recuerdos agradables; vivencias de escuela, paseos, encuentros fortuitos, aventuras profesionales. La dinámica de los reencuentros y de los recuerdos fluía bien, hasta que me acerqué a saludar a un querido educador y dirigente de la comunidad judía venezolana a quien conocía desde hacía muchos años, y con quien incluso trabajé siendo Director del Nuevo Mundo Israelita. “¿Cómo está?”, le dije. “Soy yo, Isaac, Isaac Nahón, del Nuevo Mundo”.  La expresión de mi interlocutor era una mezcla de sorpresa y de neutralidad: “No lo recuerdo, disculpe, pero no sé quien es usted”, me dijo. “Perdone, no es usted el problema, soy yo…”, agregó tocándose con el dedo índice la sien derecha, como diciéndome que la causa del olvido estaba en su cerebro. Le pedí disculpas a mi desmemoriado interlocutor. Sentí una gran tristeza.


En esos segundos de interacción fallida se creó un vacío tremendo, por lo menos un vacío en un lado de la díada comunicacional. Mis recuerdos, mis experiencias, mis sentimientos, no encontraron eco en el otro. De hecho, fue un acto de empatía fallida, y sabemos que la empatía, como bien lo ha dicho Antonio Pasquali, es la condición sine qua non para que exista une verdadera comunicación. De otro modo, sin la posibilidad de empatía, estaremos hablando de simple transmisión de información de orden instrumental, de un acto unidireccional. 


El asunto de la memoria y la desmemoria se presenta hoy como un desafío en la era de las redes digitales. Hay quien piensa que gracias a Internet tenemos acceso a una memoria extendida, a una fuente casi inagotable de la memoria de la humanidad. Los optimistas creen que gracias a Internet no olvidaremos, y que mejor aun, cosas que habíamos olvidado o ignorado emergerán para convertirse en parte de la memoria colectiva. Los pesimistas piensan que tanto recordar no es necesariamente bueno, que un exceso de memoria puede tener consecuencias brutales para los individuos y para la sociedad. En un interesante artículo publicado en El País el pasado septiembre, titulado Memoria y olvido en la era de Internet, Ernesto Hernández Busto evalúa el impacto que tendrá ese pasado eternamente presente en nuestras vidas.  


Si bien el olvido puede tener algo de terapéutico (por ejemplo, olvidar y perdonar van de la mano), se me hace difícil revindicar la desmemoria, incluso cuando la memoria nos puede resultar apabullante, como en el caso de esta memoria virtual “eterna”. Prefiero el “bendito recuerdo”, como decimos los judíos para evocar la memoria de quienes se fueron, que la desmemoria triste y a veces trágica.