jueves, 30 de diciembre de 2010

Nieve

Recuerdos que se cristalizan.
En febrero de 1992 leí una noticia en un periódico en Montreal que me impactó. Decía el reporte que un hombre había matado a otro a puños después de reclamarle que estaba echándole nieve a sus hijos. El hombre, que paleaba la nieve que estaba acumulada en su balcón, bajó al apartamento de su vecino. Le gritó que saliera si era verdaderamente macho. Discutieron en voz alta. Le pegó un puño en la cara y otro en el vientre. Lo dejó tendido en el suelo, sangrando. El hombre murió. El asesino esperó sentado en su casa que la policía viniera a buscarlo.


Esa terrible noticia me inspiró un relato de ficción que llamé “El día que nevó en Caracas”. Si en la “civilizada” Canadá una nevada, cosa que es común por aquí, llevaba a un hombre a matar a otro, me imaginé lo que pasaría en nuestra caótica Caracas ante una tormenta invernal. El cuento es una mezcla de sátira con recuerdos de mi primer contacto con la nieve y el patinaje sobre hielo en la Venezuela de los años setenta. Como muchos niños de esa década, subí en teleférico a la cima del Ávila para patinar en la pista de hielo, que creo todavía funciona. También fui alguna vez a la pista Mucubají, ubicaba cerca del Nuevo Circo. Eran los tiempos de la “Venezuela saudita”, tan mencionada en estos días en las notas necrológicas sobre Carlos Andrés Pérez. Por cierto, ya se ha dicho por allí, en esa época se importaron barredoras de nieve, una muestra de los delirios a los que llegamos en la “Gran Venezuela”. Una aclaratoria necesaria; lo que vivimos entonces ha sido superado con creces por el corrupto e incompetente régimen de Chávez.


A la nieve la descubrí en la cumbre del Pico Espejo, frente al Pico Bolívar, en Mérida. Después viví la experiencia maravillosa de ver nevar en el páramo, a la altura del Pico El Águila bajando hacia Apartaderos. La imagen de los páramos cubiertos de blanco la tengo grabada en la memoria como un recuerdo mágico de esos maravillosos paisajes andinos. Después me vine a Canadá, donde me he hartado de nieve. Por cierto, este año la nieve está escasa por Ottawa, aunque todavía nos quedan enero, febrero y marzo, así que no hay que “desanimarse”.


Con el desorden propio de la memoria, los recuerdos se mezclan en una secuencia que no siempre resulta lógica. Que la noticia del asesinato “por nevada” se haya producido en aquel nefasto febrero de 1992 no deja de ser un dato que alimenta las asociaciones libres. Viene también a la mente una cita del profeta Isaías que me inspira en este fin de año la esperanza de un 2011 mejor: “Porque como descienden de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelven allá sino que riegan la tierra, haciéndola producir y germinar, dando semilla al sembrador y pan al que come…”. Amén.